La vida en un pequeño pueblo al sur de Francia se siente más pausada. A las 6:30 am, la panadería del pueblo abre y las mesas (redondas y típicas francesas) se llenan de residentes disfrutando de un café y un croissant. La mañana se siente silenciosa, pero es un silencio que no incomoda sino que nutre. El primer día que estuve ahí me pedí un pain au chocolat porque soy fan de lo dulce en la mañana, y me senté mirando hacia la montaña, rodeada de edificios con historia. El desayuno transcurrió con la sensación de que nunca me había sentido tan tranquila. Me pregunté cuál era la clave para vivir con esa calma y en los próximos días me dediqué a encontrar la respuesta.
Me quedé 6 días y 5 noches, aprendiendo de la rutina fuera de la ciudad e intentando descifrar qué acciones podrían ayudarme a crear y mantener esa tranquilidad al regresar a casa. La vida en una ciudad como Barcelona, aunque fascinante, también puede llenarse de inquietud, así que mi objetivo aquí era claro: aprender del balance y del silencio para mejorar mi vida en la metrópoli.
Durante los siguientes días, sentí mucho y aprendí mucho. La rutina fue siempre la misma y, por alguna razón, no se sentía repetitiva. Las mañanas empezaban con una caminata al pueblo. Dos mil pasos que ya se recorrían antes de desayunar. En el pueblo, un desayuno y un café al aire libre. De regreso, se camina en la naturaleza, entre un viñedo y una pequeña corriente.
El resto del día trabajaba desde casa, pero no en un escritorio dentro de cuatro paredes, sino en una mesa en la terraza. Agradezco que mi trabajo me permita estar donde sea, es un lujo que no subestimo. En medio del trabajo, pequeños breaks de té o café y una comida que iba variando, siempre con ingredientes frescos (tomates, salmón, patatas, gambas). La brisa y el aire fresco hacían que el resto del horario de trabajo se sintiera más ligero.
Estos días me enseñaron que la clave está en tres cosas esenciales: naturaleza, tranquilidad y prioridad. La rutina que se vive en estos pequeños pueblos no se enfoca en priorizar un trabajo, se enfoca en priorizarte a ti misma mientras trabajas. El espacio demanda que te preguntes: ¿cómo puedo hacer que mi trabajo se sienta más ligero? ¿Cómo puedo aprovechar las pequeñas horas del día para caminar y poder hacer diez mil pasos sin forzarlo? ¿Qué puedo comer para sentirme a gusto, sin pesadez ni inflamación? ¿Cómo puedo estructurar mi día para que el silencio me acompañe, incluso mientras trabajo?
Las acciones son básicas. No se trata de mucho tiempo libre, sino de decisiones que te ayudan a priorizar lo que necesitas. Hice una pequeña lista para recordarme que, como los vecinos de este pequeño pueblo, yo también puedo priorizar más mi calma.
Lo que aprendí sobre el selfcare:
- Para darte lo que necesitas, siempre hay que hacer tiempo.
- No hace falta un lugar trendy para animarte a hacer ejercicio. A veces lo mejor que puedes hacer por tu cuerpo es simplemente caminar más.
- La mejor dieta es comer cosas que te hagan sentir bien (siempre frescas, sin ingredientes procesados)
- Las mañanas son sagradas y crean el tono para el resto de tu día.
- Todo se siente más ligero si intentas rodearte de naturaleza y priorizar el aire fresco (aunque sea los fines de semana).
- Aprovechar horas del día para priorizar tu calma y desconexión es vital (aprender a poner límites a los horarios de trabajo y hacer pequeños cambios te ayuda a sacarle provecho a tus horas).
Después de estos días en el sur de Francia, esto es lo que traje conmigo. Un recordatorio de que para vivir bien no hace falta mucho más que la decisión de priorizarme. Y, si me disperso, un poco de silencio, aire fresco (y, a lo mejor, un pain au chocolat), pueden traerme de vuelta a mi centro.